viernes, 18 de agosto de 2017

Participio

abatido, da.
Del part. de abatir.
1. adj. Dicho de una personaDecaídasin ánimo.
2. adj. Propio de una persona abatida. Ánimo abatido.
3. adj. Dicho de una mercancíaQue ha caído de su estimación y precio regular.
4. adj. desus. Abyectoruindespreciable.
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Desconsuelo

Josep Llimona, Desconsuelo, Museo Nacional de Arte de Cataluña
"Han tancat la Rambla", Enric González

jueves, 17 de agosto de 2017

Rollos

La picota de Boadilla del Camino, Palencia
El pelourinho de Elvas, Portugal, delante de la preciosa iglesia de las Dominicas

miércoles, 16 de agosto de 2017

Ostensión

La caja fuerte y la urna del Santo Rostro abiertas y vacías al presidir la reliquia la fiesta religiosa con motivo del día de la Asunción de la Virgen, titular de la catedral. En primer término, la Virgen de la Antigua (siglo XIII); detrás, san Pedro y san Pablo de Sebastián de Solís, procedentes del retablo original. Retablo mayor de la catedral de Jaén, 15.08.17
Foto: Antonio Erena

PARADISO, XXXI, 108

Diodoro Sículo refiere la historia de un dios despedazado y disperso. ¿Quién, al andar por el crepúsculo o al trazar una fecha de su pasado, no sintió alguna vez que se había perdido en una cosa infinita?
Los hombres han perdido una cara, una cara irrecuperable, y todos querrían ser aquel peregrino (soñado en el empíreo, bajo la Rosa) que en Roma ve el sudario de la Verónica y murmura con fe: “Jesucristo, Dios Mío, Dios verdadero, ¿así era, pues, tu cara?”
Una cara de piedra hay en un camino y una inscripción que dice: El Verdadero Retrato de la Santa Cara del Dios de Jaén; si realmente supiéramos cómo fue, sería nuestra clave de las parábolas y sabríamos si el hijo del carpintero fue también el Hijo de Dios.
Pablo la vio como una luz que lo derribó; Juan, como el sol cuando resplandece en su fuerza; Teresa de Jesús, muchas veces, bañada en luz tranquila, y no pudo jamás precisar el color de los ojos.
Perdimos esos rasgos, como puede perderse un número mágico, hecho de cifras habituales; como se pierde para siempre una imagen en el calidoscopio. Podemos verlos e ignorarlos. El perfil de un judío en el subterráneo es tal vez el de Cristo; las manos que nos dan unas monedas en una ventanilla tal vez repiten las que unos soldados, un día, clavaron en la cruz.
Tal vez un rasgo de la cara crucificada acecha en cada espejo; tal vez la cara se murió, se borró, para que Dios sea todos.
Quién sabe si esta noche no la veremos en los laberintos del sueño y no lo sabremos mañana.

                                                                       Jorge Luis Borges, El hacedor

lunes, 14 de agosto de 2017

Pandilla

Concha Jiménez (arriba, en el centro) y amigos, Huerta Beltrán, Torredonjimeno, verano 1967
Foto: José Liébana Ureña
Divas, anterior entrada del blog

Uno no puede inventar una montaña gigantesca ni una Estación Internacional como la de Canfranc y plantarla ahí y dotarla de leyenda y de aventura, pero sí puede ayudar a multiplicar los sueños de un territorio y atraer personajes, generar proyectos y contagiar entusiasmos. Y eso fue lo que hizo la jienense afincada en Jaca Concha Jiménez. Logró que escritores, médicos o diversos profesionales donasen una parte de sus bibliotecas a pueblos de la Jacetania y que José Luis Sampedro (1917-2013), del que este año se cumple un siglo de su nacimiento, hiciese de Jaca uno de sus paisajes más queridos.
Allí, a partir del año 2007, Sampedro pasó veranos, temporadas, recibió a algunos pastores del Pirineo que querían que les firmase sus libros, paseaba con Olga Lucas, su segunda mujer, a la que había conocido en Alhama de Aragón: allí culminaba sus libros desde ‘El río que nos lleva’. Si, como decía Félix Romeo casi todos los autores son aragoneses, Sampedro aún lo es más: entre 1925 y 1926 vivió en Zaragoza, estudió en el colegio del Salvador, y experimentó algunos de los temores que vivió Luis Buñuel, y por entonces acudió con su padre, médico, apasionado de la cartografía y de los instrumentos de púa, a Alhama. Ya convertido en funcionario de aduanas, fue destinado a Santander y luego eligió Canfranc, con tan mala suerte que estalló la Guerra Civil.
Canfranc fue para él un destino aplazado, que visitó casi 60 años después para dar nombre a su biblioteca pública, algo en lo que también intervino Concha Jiménez. El viernes, ahora ya transformado en palabra y recuerdo de inmortalidad, Sampedro retornó por segunda vez a Canfranc. Olga Lucas dijo que más que tolerante era un afable y un espíritu libre; el escritor Ferrer Lerín recordó cuánto había impactado en su juventud ‘Congreso en Estocolmo’ y aludió a su sentido del erotismo y a su educación; Lucía Pons. Marcos Callau y Kike Ubieto, del Ateneo Jaqués, leyeron sus textos. Celia Casas dirigió el Orfeón Jacetano. Y Concha Tovar, directora de Oroel Teatro, recordó que el autor de ‘Real Sitio’ le pidió con ilusión que montase su ‘Balada del agua’, que leyó en Zaragoza en la Exposición Internacional de 2008.
Sampedro, defensor de los jóvenes y casi un gurú al final a su pesar, dejó huella como si fuera uno de los grandes personajes de ficción que “resultan más reales e influyen más en nosotros que muchos seres de carne y hueso”.   

Antón Castro, Sampedro de Aragón, Cuentos de Domingo
(publicado el domingo, 13 de agosto de 2017, en el Heraldo de Aragón)